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Cultural

Las noches con la abuela Lina

Por · agosto 13, 2026

Las noches con la abuela Lina

Aquellas noches eran verdaderamente mágicas. Nuestros padres se iban a bailar al Democrático, y la casa quedaba en manos de la abuela Lina. Eran tiempos sencillos, pero llenos de una calidez que hoy parece pertenecer a otro mundo. En aquellas horas compartidas con ella aprendimos, sin saberlo, el valor inmenso del cariño y la protección silenciosa.

Yo era el más pequeño. Tendría unos cinco o seis años. Mis hermanos me llevaban tres y cinco años, y juntos esperábamos ese momento en que el sonido del motor del coche de nuestros padres se perdía por la calle y la casa quedaba en calma. Entonces, comenzaba la magia.

A veces tenía miedo ,ese miedo propio de la infancia, tan real y tan inexplicable, pero bastaba con ver a la abuela para que todo se desvaneciera. Ella, con su cabello ya plateado, su mirada clara y dulce, su nariz aguileña y esas orejas que asomaban bajo el fino cabello lacio, parecía un personaje salido de los mismos cuentos que nos contaba.

Después de la cena, nos llevaba a la habitación y, mientras afuera la noche se estiraba entre los grillos y el viento, ella se sentaba al borde de la cama. Con su voz pausada, un poco temblorosa pero llena de emoción, comenzaba a contarnos historias que nadie más conocía. Eran relatos antiguos, tal vez heredados de su propia infancia o nacidos de su imaginación: Perillita y anillito, El diablo, El caminante, El viejo de la bolsa… cuentos que mezclaban ternura y misterio, y que aún hoy no he vuelto a encontrar en ningún libro ni en ninguna memoria ajena.

La escuchábamos con los ojos muy abiertos, temiendo y deseando a la vez que la historia no terminara. Había algo en su forma de narrar ,sus gestos, sus silencios, la luz que temblaba en su rostro- que nos hacía sentir seguros, incluso cuando hablaba de diablos o bolsas siniestras.

A veces, en sueños, vuelven esos recuerdos. Vuelven sus palabras, su voz, el olor a sopa caliente, el crujido de la madera al moverse en la noche. Veo su rostro sereno, su mirada confiada, y me parece oírla otra vez, contándonos cómo el caminante seguía su ruta, cómo el viejo cargaba su bolsa misteriosa, cómo Perillita encontraba sus migas de pan.

Y entonces comprendo que la abuela Lina nunca se fue del todo. Desde algún rincón invisible del tiempo, sigue cuidándonos, contándonos historias en el silencio de nuestros sueños, envolviéndonos con el mismo amor con que, de niños, nos arropaba cada noche.

Esta nota es parte de Enero 2026 · Nº 180.

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