Genes de pistero
Adán Loyarte

Después de más de tres décadas vinculado a las estaciones de servicio, Adán Loyarte atraviesa una etapa especial: la jubilación. Lo hace con la tranquilidad de quien cumplió, con la satisfacción del deber hecho y con una mochila cargada de historias, compañerismo y kilómetros recorridos, tanto trabajando como arriba de la bicicleta.
Nacido y criado en el barrio Palomar, Adán se reconoce como "de acá de toda la vida", aunque su infancia y juventud tuvieron idas y vueltas entre Treinta y Tres y Montevideo. Fue alumno de la Escuela Nº 25 y desde chico acompañó a su padre, quien también trabajó durante años en estaciones de servicio. "Yo nací con esos genes", dice, convencido de que su oficio fue casi una herencia familiar.
Su camino laboral comenzó formalmente en Montevideo, donde trabajó en distintas estaciones y garajes, cumpliendo largas jornadas de hasta 12 horas. A comienzos de los años 90 regresó a Treinta y Tres y, tras una breve etapa en otro rubro, volvió definitivamente a lo suyo: el trabajo de pistero. En 1992 ingresó a la estación SAMU, sobre la ruta 8, donde permaneció durante 24 años. "Siempre con el pico en la mano", resume, una frase que se repite como marca de identidad.
En ese tiempo fue testigo de una enorme transformación del rubro. Desde las boletas hechas a mano y las cuentas con lápiz y papel, hasta la llegada de los surtidores electrónicos y los sistemas digitales actuales. "Antes había que sacar los números, sumar, multiplicar, ahora el sistema no te deja equivocarte", recuerda. Para Adán, la tecnología facilitó el trabajo, pero el trato con la gente siguió siendo lo más importante. "Uno puede tener problemas, pero al cliente hay que atenderlo bien. Cambiar el chip y seguir".
Ese vínculo con la gente es, quizás, lo que más rescata. Clientes habituales, compañeros que se volvieron amigos, generaciones que pasaron por la estación. "Hay gente que capaz no quería que yo lo atendiera, pero la mayoría sí. Y eso te lo ganás con los años". Agradece especialmente a sus compañeros y a quienes confiaron en él a lo largo del tiempo, tanto en SAMU, como en la última estación, DISA, donde trabajó durante siete años, hasta su retiro.
Paralelamente al trabajo, Adán construyó otra gran pasión: el ciclismo. Todo comenzó casi como un juego, en carreras internas de fin de año entre empleados. Pero enseguida se enganchó de verdad. Desde 1992 y durante décadas, entrenó, compitió y recorrió rutas y caminos, muchas veces después de salir de turnos nocturnos. "Salía a rodar sin dormir y al otro día corría igual", cuenta entre risas.
Pero también fue una forma de escape a un profundo dolor espiritual. Detrás de esa constancia deportiva también hubo una razón más íntima. En 1995, la familia Loyarte atravesó un golpe muy duro con el fallecimiento de la hermana mayor de Adán. En ese contexto, el ciclismo dejó de ser solo un pasatiempo y fue una manera de ocupar la cabeza, canalizar el dolor y seguir adelante. "El deporte fue una respuesta a ese momento", reconoce hoy. Salir a entrenar, rodar kilómetros y fijarse objetivos fue, para él, una forma de sobrellevar el duelo y encontrar equilibrio en medio de la tristeza.
Ganó carreras, otras tantas las perdió, y vivió experiencias que hoy atesora como parte de su identidad. Se reconoce como un corredor aguerrido, amante del viento y de las fugas largas. "No era el más conocido, pero gané carreras lindas", afirma. Más que los resultados, valora los amigos, los viajes, las anécdotas y el aprendizaje que le dejó el deporte.
Recordaba también cuando salía a las 20.00 hs de trabajar y Silva lo esperaba en el auto y se iban pedaleando hasta Lascano, entrenando o la vez que perdió una carrera frente a la Fomento, por levantar la mano para saludar. Pero mas se recuerda cuando en Master gana una Doble Melo, en una jornada que todo ciclista recuerda y lo llena de orgullo.
Hoy, con 60 años, Adán inicia una nueva etapa. Todavía le cuesta caer en la cuenta de que está jubilado, pero mira hacia atrás con orgullo. "No tengo otra vida que no sea la estación de servicio (se emociona)", dice, sin nostalgia amarga, sino con gratitud. Agradece a su familia, a sus hijos, a sus compañeros y a la gente que lo saludó durante tantos años detrás del surtidor. Y además hace mención a quienes le dieron la oportunidad en estos últimos años en DISA, "agradecer a Pedro, a Mabel y todos los que confiaron en mí y al resto de la barra, que los quiero mucho, muy buenos compañeros, buena gente" y que siempre van a estar en su corazón, lo ayudo, porque se emociona de nuevo al recordar tantos buenos momentos, "por ahora no me sale mas nada, viste, estoy medio melancólico", anota.
A quienes siguen trabajando en la pista les deja un mensaje simple y sincero: cuidar el trato con la gente y valorar el compañerismo. Porque, como aprendió a lo largo de su vida, más allá del combustible y las horas, lo que queda son las personas y los recuerdos compartidos.




Esta nota es parte de Febrero 2026 · Nº 181.




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