La «Llorona Olimareña», la versión de «El Aro» pero del pago
En la década de los 90, época de estudiantes de Ciclo Básico en el recientemente inaugurado “Liceo 2”, la Ciudad de Treinta y Tres aún no se había extendido tanto hacia el Norte y el Este como hoy lo hace. El complejo DC 18 no hacía muchos años de haberse construido y a excepción del mismo para el Noreste era todo descampado. El estadio “Centro Empleados de Comercio” estaba prácticamente rodeado de campo, el hoy “Parque Dionisio Díaz”, guardaba las reminiscencias de la vieja Escuela Agraria, con sus tambos, aguadas e islas de eucaliptus. Lo mismo se puede decir de la imponente casona del “Hogar de Varones” recortada en la oscuridad, así como de los cascos de viejas casas/chacras que aún perduran. Pasar por la “Ruta 8 vieja” en la noche causaba verdaderos escalofríos; grandes pastizales, rancheríos aislados, chacras, enormes casonas (era la típica zona suburbana donde conviven lo urbano y lo rural) un paisaje de una intensa oscuridad, que hoy las luces “led” han borrado casi por completo.

En esa época corrió cómo reguero de pólvora la leyenda de la “Llorona Olimareña”, tuvo como epicentro un “aljibe” ubicado por esa zona. Situado específicamente, al este del complejo de viviendas “DC 18”, entre la ruta 17 y lo que hoy es la cancha de baby fútbol de “Deportivo Español”, un triángulo de campo baldío entre los barrios “María Celina” y “Tradición Oriental”, aljibe hoy rodeado por la “civilización”, pero como explicamos con anterioridad, en aquella época el espacio era totalmente diferente.
En aquellos no tan lejanos 90´s los vecinos más cercanos entre curiosos y asombrados empezaron a escuchar, en el silencio de la noche despoblada, llantos y gritos de mujer provenientes del aljibe en cuestión, sonidos que despertaban el aullido de los perros y ponían los nervios de punta.
De a poco, como siempre, el rumor se fue esparciendo, desde los chismes de las vecinas en los boliches de barrio, las charlas de los parroquianos en los bares, a los hogares de cada hijo en el suburbio, y de ahí a los recreos de la escuela y los pasillos de los liceos, el efectobola de nieve creció sin pausa.
Las hipótesis respecto al origen de esos llantos y gritos desgarradores que viajaban más nítidos en aquellos campos desolados, alternaron entre crímenes pasionales, desaventuras amorosas con finales trágicos, o tragedias de desaparecidos de tiempos inmemoriales. La presencia del cementerio a no tantas cuadras no hacía otra cosa que alimentar aún más la leyenda.
Fue así que se organizó una partida de valientes vecinos, munidos de linternas (en algunos cuentos son antorchas, pero me parece mucho), palos y ramas (armas ante un eventual ataque) y así (in situ) poder develar el misterio.
Esperaron la primer noche de luna llena y se internaron campo adentro, el ladrido de los perros, el mugido de las vacas y hasta el leve cantar de los grillos los mantenían expectantes y alertas, pero lo que jamás esperaron, fue lo que sucedió a escazas cuadras de llegar al destino, no sólo se empezaron a escuchar los llantos y gritos que estremecían, sino que apareció en la boca del aljibe la silueta blanca y brillante de una mujer ataviada con un viejo vestido blanco, que levitaba en el aire (una versión de la película “El aro” pero del pago). La estampida en retirada fue digna de ser filmada (algunos de los que siempre agrandan las historias, dicen que no todos volvieron, también me parece mucho).
El relato, pues cobró más fuerza, el rumor llegó a la prensa y lo sobrenatural poblaba los barrios de la ciudad, era el “tema del momento”, por lo cual, esto obligó a las autoridades a poner manos en el asunto.
Los Bomberos y Agentes de la Policía trabajando coordinadamente idearon un plan en dos pasos; primer pasó hacer una inspección diurna y si esto no arrojaba resultado, hacer una segunda redada nocturna (una especie de allanamiento de morada, pero espectral).
El primer paso no arrojó resultados prometedores, tan sólo un aljibe, mudo y solo, abandonado en el medio del campo, con nada sospechoso.
El problema fue que el llanto y los gritos persistieron, así como el avistamiento de la figura fantasmal.
Por lo que fue necesario implementar el segundo paso, y una brigada integrada por las fuerzas policiales, bomberos, los curiosos de siempre y algunos aseguran que hasta perros adiestrados (lo que también me parece mucho), se organizaron nuevamentepara hacer la redada nocturna. En la noche pactada, esta vez con menos luna, pero con una intensa neblina, a unas cuantas cuadras del aljibe ya se empezaron a reconocer los ruidos que erizaban la piel. Pero la cohesión del grupo, soporto la estocada y entre pastizales y tacuruses siguieron avanzando. A poco menos de dos cuadras vislumbraron levitando la silueta fantasmal, pero siguieron avanzando. Llegaron hasta la boca del misterio apelotonados uno aotro, sin poder dar crédito a lo que sus sentidos percibían…
Me gustaría que el final fuera otro, y al resto del pueblo creo que también, supongo incluso que al incrédulo lector le quedará un sabor amargo, pero, se dice que lo que encontraron no tuvo nada de sobrenatural, si de mucho ingenio.
Todo se trató de una broma muy elaborada, un viejo equipo de audio a pilas (de los grandes de antes) provisto de un casette con los sonidos grabados, que era depositado al fondo del aljibe lo que le adjudicaba un eco especial, activado mediante un mecanismo que no fue develado, acompañado por un vestido blanco y derruido colgado en una percha y subido a través de cuerdas mediante la aldaba, y todo esto acompañado por la luz de una lnterna desde abajo, conformaban el artilugio perfecto.
¿Por qué no los atraparon en el acto?, ¿Quiénes fueron?, ¿Por qué no se encontró nada la primera vez que se revisó? Estas y otras preguntas quedaron flotando en el aire.
Yo no sé,cuanto de esto es cierto o cuanto en realidad es una especie de “metacuento” un cuento creado para que se fuera repitiendo, pero que en realidad no sucedió. En nuestrasreuniones de amigos, siempre adquiere matices inesperados, creciendo en detalles y características. Incluso, muchos de aquella época no recuerdan que algo de eso hubiera sucedido.
El aljibe, mientras tanto, sigue sobreviviendo pese al crecimiento de la ciudad, a la piqueta fatal del progreso que lo acorrala sin tregua. Pero allí mudo y expectante, guarda las respuestas a las preguntas que no fueron respondidas y es parte de las leyendas urbanas que siguen resistiendo a los embates del progreso.
Prof. Edward Fleitas Giménez.






Esta nota es parte de Febrero 2026 · Nº 181.




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