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Cultural

Ventura Moreira, el bandolero

Por · agosto 24, 2026

Ventura Moreira, el bandolero

Ventura Moreira Pellejero nació, probablemente, en 1877, en el paraje Tacuarí, territorio ubicado entre las nacientes del río y el lomo de la Cuchilla Grande.

Se casó con Dionisia Ibáñez Cardozo. De ese matrimonio nacieron varios hijos: Aladino Medardo (1908), María Ventura (1909), Artigas (1911), Aparicio (1913), Abayubá (1915) y María Baldramina (1918).

Su padre, don Ventura Moreira, había nacido en Brasil en 1846. En 1872 contrajo matrimonio en Melo con doña Bonifacia Barboza, con quien tuvo, al menos, seis hijos.

Ventura Moreira (hijo), quien con el paso de los años dejó tras de sí innumerables y tristes anécdotas, hasta convertirse en un personaje casi legendario, nació en el seno de una humilde familia rural.

La zona de Cuchilla Grande comenzaba a poblarse rápidamente. Mientras algunas fracciones de tierra se subdividían poco a poco, otras pasaban a manos de poderosos estancieros llegados desde distintos pagos con la intención de invertir en la región.

Cada tanto podían verse carretas que iban y venían transportando mercaderías para los comercios o postes para los alambrados. Otras avanzaban lentamente por el campo, cargadas de ramas o de piedra destinadas a los hornos de cal.

Todavía vivían viejos guerreros forjados al rigor de la lanza, cuyas cicatrices hablaban por sí solas.

Troperos, contrabandistas, matreros y cuatreros andaban fuera de la ley, ocultos entre los montes de los arroyos o refugiados bajo aleros de piedra. Vestían harapos y llevaban en la cintura cuchillos siempre listos para derramar sangre. Eran tiempos de miseria, hambre y muerte.

Era una sociedad muchas veces dividida por las divisas partidarias, el racismo, el poder económico y diversas rivalidades.

Por aquellos pagos convivían brasileños, vascos, españoles, hijos de esclavos libertos y descendientes de indígenas, quienes muchas veces formaban familias entre sí, dando origen al verdadero mestizaje campesino.

De tanto en tanto aparecía alguna escuela, a la que llegaban caminando niños mal vestidos, o alguna casona donde residía un teniente alcalde, autoridad encargada de registrar los animales del vecindario, los nacimientos, los fallecimientos y otros asuntos públicos.

En medio de ese contexto surgía la temeraria figura del bandido Ventura Moreira.

Vivía en un humilde rancho levantado sobre una pequeña fracción de tierra, junto a una cañada arbolada donde afloraban rocas areniscas que formaban grandes alerones. El lugar se encontraba detrás de donde hoy está Pueblo Ganem, en campos que actualmente pertenecen a la familia Ayala. Uno de sus hermanos, Manuel María, conocido como «Maneco», fue teniente alcalde de la zona.

Este bandido, en una época de gran inseguridad en el medio rural, pasó buena parte de su vida sembrando el terror. Afirmaba reclutar hombres para la revolución y contaba con un pequeño grupo de indigentes que lo ayudaban en sus macabras tareas.

Muchas familias habían perdido a sus jefes de hogar en las contiendas revolucionarias. Otros, desarmados, perseguidos y sumidos en la pobreza, no encontraban otra salida que refugiarse en los montes.

El mayor placer de Ventura era degollar. Ordenaba a sus hombres que recorrieran los ranchos avisando que el dueño debía permanecer cerca de su casa porque él lo llevaría a la guerra. Todo era una mentira. Llegado el día señalado, los bandidos aparecían, reducían a la víctima -que casi nunca tenía un arma para defenderse-, la ataban y la entregaban a Ventura. Este la conducía hasta las altas cordilleras, la degollaba y luego la soltaba para verla correr y precipitarse desde lo alto. Repitió este espantoso método en varias oportunidades.

Muchas de estas historias permanecieron vivas en la memoria de los antiguos pobladores de la zona.

Una de las anécdotas más recordadas fue la de Chingolo Silvera. Ventura lo vigiló durante un tiempo, hasta que logró sorprenderlo en su rancho. Mientras lo llevaba rumbo a las cordilleras, se cruzó con los hermanos Amaral, quienes, al ver la escena, le dijeron:

-Andá a largar a ese pobre infeliz.

Ventura respondió:

-Sí, lo voy a llevar un poco más abajo y después lo voy a largar.

Silvera, presintiendo el trágico desenlace, le suplicaba:

-No me mates, Venturita. Yo voy a trabajar y te voy a dar toda la plata para vos, pero, por favor, no me mates.

(Quizás lo llamaba «Venturita» porque su padre también llevaba el mismo nombre).

Los hermanos Amaral continuaron su camino. Ventura, en cambio, siguió hacia las cordilleras. Allí degolló a Silvera y luego lo soltó para verlo correr hasta caer desde las alturas. Su cuerpo quedó colgado por el puño de la bombacha en un arrayán, donde murió desangrado.

Tras aquel espantoso crimen, los hermanos Amaral permanecieron varios días aguardando al bandido en una pasada entre las cordilleras, con la intención de darle muerte. Sin embargo, Ventura jamás volvió a cruzar por ese lugar.

Quienes lo conocieron afirmaban que era muy poco hábil para pelear mano a mano. Por esa razón acostumbraba andar acompañado de hombres que lo auxiliaban en sus andanzas.

Uno de los enfrentamientos más conocidos fue el que sostuvo con Octavio Olivera. También persiguió durante un tiempo a un hombre conocido como «el Duro» Lemos, quien, como tantos otros vecinos perseguidos, había encontrado refugio en los montes y en las cuevas formadas entre las piedras.

Sin armas para defenderse, Lemos consiguió una hoz que le facilitó Macario Da Silva, apodado «el Chico». Luego de enderezarla, la convirtió en un arma temible.

Un día, en las inmediaciones del paso Tía Lucía, ambos se enfrentaron en un duelo. Mucho más diestro con el arma blanca, el Duro comenzó a herir a Moreira, quien fingió haber muerto. Convencido de haberlo vencido, Lemos se retiró en busca de una pala para darle sepultura. Pero, al regresar, descubrió que el supuesto cadáver había desaparecido.

Pasó el tiempo sin que volvieran a encontrarse. Hasta que un día, en Puntas de Fraile Muerto, Ventura cabalgaba junto a su hermano Maneco cuando sorprendieron al Duro cruzando el camino. Intentaron cargar contra él, pero Lemos, armado con una pistola, les efectuó un disparo y logró refugiarse en un bañado. Desde allí les gritaba desafiante:

-¡Vengan para acá! ¡Aquí está el Duro Lemos!

Los hermanos continuaron su marcha sin acercarse.

En otra oportunidad, Cipriano se encontraba trabajando en el horno de cal de Eloy cuando apareció Ventura, quien tiempo atrás ya lo había mandado citar.

Sin bajarse del caballo, le dijo:

-Hace días que te mandé avisar que te iba a llevar para la guerra. ¿Ya estás pronto?

Cipriano desenfundó un revólver y le respondió:

-Pronto tengo a este pardo cara chata… Ahora te mandás mudar, porque te voy a pegar un tiro.

Don Athos Olivera, hijo de Cipriano, quien superó los ochenta años de edad, recordaba aquel episodio diciendo:

«Era difícil de creer que la gente de bien no se hubiera unido para matarlo, o que algún hombre corajudo no hubiera terminado con él. Otro vecino al que Ventura asesinó fue Natividad Magallanes. Lo sacó maniatado de su rancho y lo degolló en unas cordilleras que estaban en los campos de mi padre, hoy propiedad de mi hermano.»

Pero la tranquilidad duró poco. La presión de las autoridades aumentó y el cerco sobre Ventura comenzó a cerrarse. Cada vez eran menos los lugares seguros donde podía refugiarse y más los hombres que seguían sus pasos.

Con el tiempo, su figura fue creciendo entre la realidad y la leyenda. Para algunos era un delincuente peligroso; para otros, un hombre valiente que se había enfrentado a las injusticias de su época. Como ocurre con tantos personajes de la campaña uruguaya, la historia fue mezclándose con los relatos populares, hasta el punto de que hoy resulta difícil separar los hechos de las versiones transmitidas de generación en generación.

A más de un siglo de aquellos acontecimientos, el nombre de Ventura Moreira continúa vivo en la memoria del este del país. Su vida refleja una época marcada por la dureza del campo, los conflictos políticos y las profundas desigualdades sociales. Fue un hombre de carne y hueso que, por las circunstancias que le tocó vivir, terminó convirtiéndose en uno de los bandoleros más recordados del Uruguay.

Y quizás allí resida el verdadero legado de Ventura Moreira: no solo en las historias de persecuciones, tiroteos y fugas, sino en la huella que dejó en la memoria colectiva de un pueblo que todavía recuerda su nombre. Porque mientras existan quienes cuenten su historia alrededor de una mesa o bajo la sombra de un monte, Ventura Moreira seguirá cabalgando entre la historia y la leyenda.

Esta nota es parte de Agosto 2026 · Nº 187.

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