Tardecita de verano
Al ingresar al depósito de esa empresa, pudo percibirlo enseguida. El intenso olor a desinfectantes le penetró por las narinas y le invadió el cerebro, dejándole una catarata de recuerdos. Sobre todo, de aquellos verdes días de vacaciones en la capital, cuando la vida era un juguete nuevo. Tendría doce o trece años en aquel verano.

De tardecita vamos hasta la plaza ―dijo la tía golpeando contra las patas del sillón el espantamoscas.
El artilugio estaba fabricado con un palo de plumero al que se le había pegado en un extremo, con cinta adhesiva, un papel recortado. La tía lo utilizaba en tardes de verano como esta para alejar los molestos insectos que aviesamente se posaban en todos lados, sobre todo en el pan con manteca y dulce de membrillo dispuesto encima de la pequeña mesa. Pero también le gustaba blandirlo por el aire, golpear la mesa y las sillas, acompañando cada frase y cada gesto. No se separaba de él más que para cebar el mate con azúcar de las tardes, mientras el tío estaba concentrado en el diario, y la prima, un par de años mayor que él, en su habitación, tal vez con alguna revista, o escuchando algo en la radio.
Se hallaban en un pequeño patio interior de una casa de departamentos bajos. Ése era el lugar de las tardes de verano, cuando aún estaban calientes las baldosas y afuera el mormaso calcinaba el cemento. Los tíos, ya veteranos, no acostumbraban a salir de la casa, ni al parque ni a la playa. Y así, todos los días.
Se entretenía durante horas leyendo y releyendo el poco material que había encontrado: un libro sobre pintura norteamericana (del cual le atraía una lámina con una dama semidesnuda ante un espejo en el medio del campo) y una colección encuadernada de “La enciclopedia ilustrada”, de origen español, de fines del siglo XIX. Además de los diarios que llegaban a la casa dos veces al día (sobre todo los suplementos con historietas). Y eso era todo.
Como adolescente, su prima Irma tenía su mundo aparte. Algo alejada ahora, en el verano, de sus amigas, la relación con un primo más chico no le interesaba mucho, más que para jugar algún partido de damas o de ludo, hasta que la paciencia se le agotaba.
La hora de la siesta, mientras los mayores dormían, tenía otro atractivo. Un oscuro altillo era para él un profundo misterio a develar. Como todo desván, la habitación se destinaba a depósito de lo que no se usaba. Allí alternaban, en ordenado desorden, cajas y más cajas conteniendo los más diversos enseres, muebles deteriorados, una máquina de coser vieja, un maniquí, y un enorme ropero de bisabuelos que tenía una gran luna. También se guardaban allí los utensilios de limpieza, que el tío compraba al por mayor; de ahí que el fuerte olor a desinfectante contribuía a que el lugar tuviera una atmósfera espesa y cargada.
En una de esas tardes, cuando afuera una lluvia de verano había tomado la ciudad de rehén y la curiosidad pudo más que el aburrimiento, subió la escalera para continuar con su pesquisa. Cuando comenzaba a revolver algunas cajas, oyó un ligero siseo. Cuando levantó la vista apareció, detrás del maniquí y delante del espejo, la figura de Irma completamente desnuda; en ese momento, no sabía si la muchacha se había percatado de su presencia, por lo que se quedó quieto. Recorrió con la mirada los incipientes pechos, bajó la vista hacia su pequeño ombligo, su vientre aceitunado y su sexo adolescente. Ella lo vio, le tomó la mano y lo atrajo hacia sí. Las caricias no se hicieron esperar.
Todo eso había pasado mucho tiempo atrás Después, los dos habían tomado caminos diferentes. No obstante, de vez en cuando la memoria del olfato, le traía el recuerdo de aquella vez primera, cuando Irma le descubrió un mundo nuevo, un horizonte luminoso, un paraíso accesible.
Alberto Tarigo
Esta nota es parte de Agosto 2026 · Nº 187.




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