La «Parada del 330» (II)
Cuando a principio del siglo XX, más concretamente a fines de 1909 y principios del 10, el camino de hierros paralelos del tren empezaba a acercarse a la capital olimareña, se hizo más patente que habría la necesidad práctica de establecer en la margen sur del Olimar, un sitio acondicionado para que fuera terminal de la vía mientras se llevaba a cabo la construcción del necesario puente sobre ese curso de agua, y aún más, la construcción del significativo edificio que se habría de erigir en la capital departamental como estación terminal de la línea, para cargas y pasajeros.

Fue por entonces, sin haber podido aún establecer fecha exacta, que se construyeron en este predio andén, galpones y oficinas que sirvieron durante algún tiempo como depósito de materiales y lugar de trabajo y hasta residencia de algunos de los obreros del ansiado nuevo medio de comunicación que traería confort y rapidez al transporte de pasajeros, y eficiencia y capacidad al de cargas, tanto en mercaderías que arribasen a la localidad, como la salida hacia la capital del país de la producción local.
A mediados de 1910 comenzaron a llegar a la provisoria terminal los convoyes con materiales de construcción y personal.
En otoño de 1911 se realizó la construcción de un puente de madera sobre el Olimar, que gracias a un benévolo invierno se vio concluido en pocos meses, facilitando de esta manera la terminación de las obras de la Estación Treinta y tres, que como se recordará tuvo su inauguración oficial con bombos y platillos y el festejo de toda la población treintatresina, realizándose entonces la habilitación de la línea de tren, en el mes de octubre de ese mismo año.
Pero no contaban con la furia del apacible Olimar crecido, y a los pocos meses, el lluvioso verano socavó las bases del puente de madera, al punto que “se llevó” un buen pedazo, evitando nuevamente el pasaje de los convoyes hasta la ciudad.
y los ingleses "calentitos"..
Pues sí, a poco más de seis meses de haberse inaugurado la Estación de Ferrocarril de Treinta y tres y con ella el comienzo de los viajes regulares de pasajeros y carga con destino al resto del país conectado por la vía férrea, un gran creciente del río Olimar que se venía gestando, según informaciones de prensa de la época, desde el mes de mayo, literalmente “se llevó” parte del puente que se había construido para comunicar las dos riberas.
En efecto, ya en una publicación (cuyo recorte fotografiado se acompaña), realizada en El Comercio el 25 de mayo de 1912 se anunciaba que la creciente había afectado los terraplenes de los puentes y que se esperaba más agua. Textualmente, la nota titulada “La lluvia”, dice:
“Los alrededores de la Villa nada tienen que envidiar a Venecia, la ciudad de las góndolas, pues varias casas construidas en las inmediaciones de la estación se han visto cubiertas completamente por el agua. La creciente ha sido enorme. Nuestro pintoresco Olimar se ha enfurecido con los puentes y terraplenes ferroviarios, ocasionándoles desperfectos considerables. A pesar de todas estas lindezas, S.M. el tiempo no desarruga el entrecejo: todavía, con cara adusta, nos da a entender que aún no ha descargado sobre nosotros toda el agua que nos tiene destinada. Esperémosla.”
Un par de meses más tarde, el 27 de Julio, el mismo periódico, en otra nota muy interesante, porque apenas es casi un “suelto”, informa del “resentimiento atroz” de los ingleses con el río a causa de los daños. En nuestro tiempo, esa noticia habría sido nota de tapa del diario, con cobertura especial y búsqueda de culpables incluida.
Otro hecho que a mi particularmente me llama la atención de la referida nota, cuya fotografía también acompaña estas líneas, es la calificación del río que empiezan por valorarlo como “apacible”, como 60 o 70 años más adelante le llamaría una popular canción de Víctor Lima interpretada por Los Olimareños.
Transcribo también esta corta nota, que es además la confirmación documental que he podido encontrar del derrumbe del puente, ya que nunca respondieron a pedidos que reiteradamente he realizado al sector de archivo histórico de AFE documentos oficiales que lo avalen.
En fin, la nota de referencia se titula “La creciente”, y dice así:
“El apacible Olimar que, al parecer, solo se presta para ser objeto de la admiración popular por su mansedumbre patriarcal, este invierno se ha mostrado hosco y malhumorado, con cara de no querer amistades con los puentes y terraplenes de la vía férrea.
Recientemente, por efectos de la última creciente, se derrumbó el puente del Paso de la Arena encontrándose por tal motivo, los señores ingleses con un resentimiento atroz contra el pintoresco Olimar. Pero los perjuicios, desgraciadamente, no corren solo por cuenta de la empresa, pues los viajeros tienen que verse en la necesidad de ir a tomar el tren a una distancia de cinco kilómetros pagando el mismo precio que si lo hicieran en la estación.
Es de suponer que hasta el verano estaremos en esas condiciones.”
Otra vez terminal
Y fue en ese momento, sin dudas, cuando este predio cobró la singular importancia de constituirse de hecho en el punto terminal de la línea, por al menos durante tres o cuatro años, hasta que estuvo pronto y finalizado el nuevo y majestuoso puente de hierro que aún hoy conserva su solidez y utilidad.
La “parada del 330”, como se la conoció desde entonces por estar ubicada en el kilómetro 330 de la vía férrea, fue el punto adonde llegaban las personas que provenían del sur del país, y desde donde debían embarcar los pasajeros que se alejaban de nuestra ciudad. Fue punto de partida de estudiantes, enfermos, paseantes y agentes de comercio, que pisaron ese andén del cual aún se distingue claramente su terminación de ladrillos, característica de las empresas ferroviarias de la zona.
En su entorno, y ya desde la época en que se acercaba la “cinta de hierro” de la vía, un visionario vecino de la zona, don José R. Gómez le había encargado al agrimensor Jaime Juanicó Otogués un amanzanamiento que se denominó Pueblo Lavalleja, y donde se vendieron los primeros terrenos desde 1908, creándose así en el entorno de la “Parada” un sector de casas modestas y galpones de depósito de mercaderías
Algún tiempo después, su utilidad y relevancia apenas había mermado.
Fue usada en el entorno de la década de 1920, como terminal de un tren de trocha angosta que, partiendo de ese lugar, recorría la costa del Olimar grande hasta su confluencia con Olimar Chico, y atravesando este último proseguía hasta un punto donde se había establecido una carbonería, para producir carbón muy usado entonces para el movimiento de autos, camiones y maquinaria a motor convirtiéndole en gasógeno, y vendiendo además también su producto para el propio ferrocarril, que en ese entonces también funcionaba a carbón. En el mismo plano de Juanicó Otorgués donde de detalla parte del “Pueblo Lavalleja”, de 1921, se puede apreciar demarcada la salida del tren hacia “los olimares”.
Fue también terminal de carga de la vasta zona al sur del Olimar, facilitando la “sacada” de mercaderías pesadas como lanas, cueros, algo de producción agrícola, ya que su locación evitaba el engorroso cruce del Olimar en carretas, ya fuera por el puente de madera cuando lo permitía el cauce, o por las balsas cuando la creciente lo ponía fuera de servicio.
Hay una famosa anécdota que cuenta en su libro “Treinta y Tres en sus 155 años” el escritor Néstor Faliveni Moreno, que en el entorno del año 1919 el líder colorado José Batlle y Ordóñez, que entonces ya había sido dos veces Presidente de la República, vino a Treinta y Tres en visita proselitista, y a pesar que mucha gente le esperaba en la estación capitalina, también había cierta cantidad de público en la parada de Villa Sara, por lo que optó por apearse del tren y recorrer el trayecto que le faltaba de a pie, liderando a la muchedumbre cada vez más numerosa que le seguía, hasta encontrarse frente a lo que hoy es la Plaza Colón, con los hijos del general Basilicio Saravia, recientemente fallecido, que venían a su encuentro. En ese punto, accedió a continuar viaje en auto hasta el punto de reunión.
Poco a poco su importancia fue decayendo, a pesar de que durante muchísimo tiempo fue usada como parada para los vecinos de Villa Sara que iban o volvían a la capital. También historias orales cuentan de las primeras cosechas de arroz de la séptima baja, que llegaba embolsado y en carretas para ser cargado en este punto y remitido a la capital del país, ocupando numerosos puestos de trabajo de la zona.
Seguramente la construcción del puente nuevo sobre el Olimar en los años de postguerra y la facilidad de transporte y comunicación que trajo mermó aún más su utilidad, hasta que paulatinamente fue dejada de usar, a pesar de haberse construido por esos años, a corta distancia, un enorme embarcadero de ganados que fue polo de distribución logístico de una vasta zona.
Hoy, solo “el cordón” del andén, un viejo aljibe y restos de construcciones testimonian el importante pasado que tuvo el sitio para la zona y el departamento, y por esa razón la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, vecina del lugar, el Municipio de Villa Sara, administrativamente el responsable del rescate y el Centro de Estudios Histórico Culturales de Treinta y Tres, realizaron días pasados la colocación de cartelería y el acondicionamiento del lugar, dando lugar a la puesta en valor del predio, resaltando su relevancia histórico y propiciando la conservación de las huellas del pasado en esta zona.


Esta nota es parte de Enero 2026 · Nº 180.




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