Carnaval olimareño
El carnaval es una pulsión antropológica, inherente a lo que el ser humano es. Todas las culturas lo tienen. Una zafra de la carne, de lo dionisíaco.

Un breve lapso donde las normas tienden a diluirse y la población, sometida por el poder durante todo el año, encuentra su catarsis. En el Uruguay, en el crisol de culturas emigrantes que se cocinaron durante más de 100 años, la fiesta tomó un formato maravilloso: la murga.
La murga representa el costado del carnaval mas temido por el poder.
Deja de ser un conjunto que simplemente transcurre musicalmente por el corso, para pararse encima de un escenario. Se planta y canta. Canta y dice. Analiza. Critica. Hace cuentas y pasa las cuentas a quien corresponda. Su repertorio suele, con mayor o menor eficacia o calidad, ser análisis de la realidad. Registro de los sucedidos del año que pasó.
Con frecuencia esgrime una burla irónica y de precisión quirúrgica contra los poderosos. A veces elegante. A veces brutal. Mensajes que llegan a la gente en su propio lenguaje. Estrategias de concientización que pueden ser muy poderosas.
No es el filtro estructural edulcorado e interesado con que se construyen los informativos. No está planificado con cuidado para la inacción y la desinformación, como pasa con las instituciones "educativas". Suele acertar en el centro de las cuestiones.
El sistema, hijo de una compleja red de poderes, la combate como puede. Pero, por fortuna, no siempre puede.
Es muy hermoso ver como las murgas, dentro de un mismo formato, pueden ser tan diferentes entre sí.
A orillas del Olimar, tenemos los primeros datos desde finales del siglo XIX. "La estudiantina", se llamaba la primera de la que tenemos registros. La siguieron otras en un formato parecido.
Empleaban los instrumentos de los músicos de retreta. Andando el siglo XX, los conjuntos fueron haciéndose más variados y disímiles. Entre 1918 y 1920 aproximadamente, el Laucha Prieto me regaló su recuerdo de dos conjuntos murgueros, de los que participó. "Los hijos de la floresta", que usaban violín y guitarra, y "Los Saltimbanquis" cuyo instrumento era una lata de yerba redonda con un parche de cuero de oveja.
Pero eran muchos los conjuntos. Innumerables. Mas o menos casuales. Algunos perduraban varios años.
Otros, solamente un día. No existía el tablado. Se deambulaba por las calles, se llegaba al patio del vecino, se daban serenatas. Barras de amigos persiguiendo noches inolvidables. Rejuntados demorados en las esquinas, salpicados por la luna.
Coros de patio en espera del asado y empujados por el vino. Rica y anárquica tradición olimareña que, para ser licuada, necesitó varias décadas de demoledor trabajo por parte de las instituciones.
Andando el siglo aparecieron los tablados. Muchos barrios tenían el suyo. Ahí comenzó a pensarse el carnaval desde un escenario. Comenzó a terminar de ser una fiesta de todos. Construida por todos.
Nació una brecha que no parece tener fin. Artistas y espectadores. Cada hecho cultural es empujado por un viento de curso inevitable. Para bien o para mal la realidad arrasa.
Cada tablado hacía su concurso, lo que comenzó lentamente a alimentar las pretensiones artísticas de los conjuntos.
En 1954, salió una murga de gurises chicos que estaba llamada a escribir la historia: "Los amantes criticones" Era una más entre muchas. Con ellos competían 7 murgas más de menores. (Entre ellos los "Amantes al engrudo", cuyo solista estrella era "el Pepe" Guerra). Participaban además un estimado de entre 15 y 17 murgas de mayores.
El año siguiente, 1955, esta murga cambiaría el nombre por "Andá a Cantarle a Gardel". En 1958, hablarían con "el Italiano" Pepino, que fabricaba instrumentos para el palacio de la música, y saldrían con bombo, platillo y redoblante, así como con 17 integrantes. Importaban al solar olimareño el formato de las murgas montevideanas.
Algo nunca visto hasta entonces por aquí. El carnaval Olimareño cambiaría para siempre.
¡Qué difícil es leer estos acontecimientos! Cosas que se ganan.
Cosas que se pierden. Hoy, siglo XXI, las murgas olimareñas privilegian lo estético. Hoy el carnaval olimareño es impensable sin la intervención de actores exitosos del carnaval capitalino. Actores profesionales que por cierto no regalan su trabajo. Se preparan para concursos que son fuera del departamento. El hecho artístico como búsqueda estética ha crecido exponencialmente.
El hecho artístico como generación de cultura de decrecido exactamente en la misma medida. Este es el camino en el cual, para bien o para mal, arrancaron a caminar "los Gardeles" en 1958.
Por supuesto que fueron la sensación. Y rápidamente otros conjuntos locales intentaron ponerse a tono con los nuevos acontecimientos, aunque "los Gardeles" dominaron en los concursos la escena por varios años.
A finales del año 60, preparando el carnaval de 1061, un recordado cisma en "Andá a cantarle a Gardel", provocó que algunos de sus murguistas se separaran y fundaran una nueva murga: "Los alegres Profesores".
En el transcurso de la maravillosa década del 60, "los Profesores" irían equilibrando el nivel y forjando una rivalidad extraordinaria entre ambas.
Sobre esta contienda giraría, más que sobre ninguna otra cosa, el carnaval olimareño de entonces. Rivalidad de culto que aún vive entre los pocos actores con vida que nos quedan, y que son capaces de pelearse y hasta de quedar enemistados, por ponerse a discutir sobre concursos que ocurrieron hace más de 50 años.
Pasión inexplicable y genuina producto de la cultura de la gente de a pie.
En 1963 nacería desde el barrio del "Fierrazo" una tercera en discordia, "Titulados sin diploma", que lograría también llegar a ganar su primer concurso en 1970, fecha hasta la que alcanzan estas crónicas.
Sobre la segunda mitad de la década del 50 el concurso de murgas comenzó a ser organizado por la Intendencia.
No tenemos registros oficiales para poder precisar fechas.
Este concurso eclipsó e hizo desaparecer en pocos años los concursos que se realizaban en los tablados.
Derivó además al teatro municipal, lo que arrimó a las murgas gente de teatro. La movida del teatro era riquísima en Treinta y Tres, y fue nutriendo de esta manera a los conjuntos, generando un carnaval muy particular. Una pequeña obra de teatro precedía la actuación de las murgas que, a su vez, presentaban espectáculos muy cuidados en este aspecto. Escenografías muy elaboradas y unicidad en las presentaciones fueron entonces de avanzada.
Hasta finales del siglo XX, y entrado el siglo XXI, en la rivalidad entre "Payasos Criticones" y "Tirate que hay arenita", terciando mas tarde la "Reina del Olimar", se conservó esta característica, que cedió solamente con la presencia de asesores del carnaval capitalino que restaban importancia a este aspecto.
En fin.
Toda historia es necesariamente injusta. Un relato que por el imperio de los hechos privilegia algunas cosas y desecha otras.
Me duele saber que innumerables decenas de conjuntos y relatos debieron quedar de lado ante la fugaz brevedad de esta crónica.
La inexistente flor de una esperanza.
Decenas y decenas. Todos merecerían ser rescatados.
Aún los más casuales. Esos que, como estrellas fugaces, nos alumbraron un brevísimo instante de manera incomparable. Calurosas noches de febrero.
Efímera existencia en la que latía toda vida. Una frágil serpentina volando sobre el tumulto de ese corso irrepetible, rumbo al más deseado e imposible de los amores.
Prof. Yamandú Sosa
Esta nota es parte de Febrero 2026 · Nº 181.




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