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Cultural

El último minero

Por · agosto 13, 2026

El último minero

Luego de saludar hacia la cámara, el último rescatista se introdujo en la cápsula e hizo la señal convenida para ser izado hacia la superficie. Una vez realizada la operación de rescate, se colocó en la abertura una tapa de hierro y arriba de ella alguien agregó una gran piedra, como para que nadie más bajara hacia el pozo de la desgracia.

En medio de la algarabía, nadie reparó en que la videocámara y las luces en el socavón habían quedado funcionando. Días más tarde, luego de que los regocijos habían terminado y todo volvió a la normalidad, al proceder al abandono del lugar, alguien cortó el cable axial y todo el mundo se retiró.

El administrativo encargado del archivo recogió las grabaciones realizadas por aquella cámara instalada en el refugio, pasó el video de la computadora a un DVD, lo rotuló con las palabras “Rescate de 33 mineros. 13.10.2010” y cuando lo iba a dejar en un fichero, sonó el teléfono y dejó la grabación olvidada encima del escritorio.

Un vigilante nocturno que esa noche hacía su ronda por las oficinas reparó en el disco y sintió curiosidad por volver a mirar la operación. Su orgullo patriótico era muy fuerte y quiso experimentar nuevamente las emociones vividas. Disponía de tiempo para hacerlo antes de la próxima guardia. Fue así que revivió los momentos de tensión y el suspenso en el descenso del primer rescatista, se regocijó con los reencuentros, desconfió de los abrazos presidenciales y de todo aquel show mediático.

Cuando la grabación mostró el final de la operación y el sereno estaba a punto de apagar la pantalla, percibió algo inusitado. Surgió algo del fondo de las sombras de la mina, un ser cuyos ojos anormalmente agrandados sobresalían en un rostro cubierto de barba tupida que caminaba despaciosamente, casi arrastrándose, entre las aristas erizadas de la roca. Lo primero que pensó el sereno fue que se habían olvidado de alguien, idea que desechó de inmediato (se sabía que eran treinta y tres hombres, que todos estaban juntos, que los rescatistas no dejarían a nadie). Fijándose más detenidamente en el sujeto, notó sus ropas hechas jirones, sus pies descalzos, un cuerpo que acusaba una edad avanzada, quizá más allá del tiempo, más allá de los años que hacía que la mina había sido clausurada luego de aquel primer derrumbe en los años sesenta.

Parecía que la figura examinaba el lugar que había sido refugio de víctimas hasta un rato antes. Pasaba la mano por las paredes de piedra como acariciándolas. Aparentaba oler los rincones, revisar, buscar algún desperdicio que se hubiese dejado. Antes de marcharse tomó un pedrusco y rompió uno a uno los faroles que alumbraban la escena. No se dio cuenta de la tenue luz que partía de un casco abandonado.

Tampoco supo de la cámara cuando ésta mostró apenas una silueta deslizándose casi en cuatro patas hasta que se perdió en aquella oscuridad de la que había salido.

Alberto Tarigo

Esta nota es parte de Enero 2026 · Nº 180.

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