El salvavidas
Sr Jefe Político
Cuando vienen las temporadas estivales dividimos el arroyo Parao en dos a partir de su intersección con la calle Carolino Vergara, nominada así en homenaje al hijo del fundador del pueblo Don Juca Vergara y doña Graciana Gómes, dios los tenga en la gloria a estos dos últimos, no así al primogénito que goza de buena salud y con calle a su nombre en el pueblo de la familia.
Para la izquierda hasta el Paso Real se bañan las mujeres y hacia la derecha hasta el recientemente inaugurado puente carretero en enero de 1914, los hombres, medida que se mantiene vigente a pesar de las protestas de algunos impúdicos
que alegan que hombres y mujeres se pueden bañar entreverados en la misma playa. ¡Habráse visto semejante despropósito!
Cómo todos los años debemos lamentar algún accidente, se nombró un salvavidas y recayó la tarea en la persona del cabo Antolín Araujo, nadador excelso un verdadero pescado pal agua, quién se ha desempeñado en misiones oficiales, marguyendo hasta una legua en las aguas del Parado, el Cebolleti, el Tacuari, el Yaguarón, hasta salir asomando apenas los ojitos y las narices debajo de los camalotes para escuchar conversaciones en los campamentos de contrabandistas y arreadores de ganados y luego largándose contra corriente traernos el chisme para caerles de sorpresa.
Bueno.. cuestión que le armamos una atalaya desde dónde podía visualizar la amplia zona de baño, con un techo de palmera que le daba un frescor sumamente confortable.
Estaba despuntando un sueñito siestero cuando alguien gritó – ¡se ahoga Don Filomeno!
Bajó rápidamente por un cordel, se lanzó dio unas brazadas y antes de llegar al socorrido se fue a pique sin volver a asomar la cabeza.
A Don Filomeno lo sacaron entre unos cuantos, haciendo cadena, prendido, el primer eslabón, de la pretina de su gruesos calzoncillos de crea.
A Antolín lo buscaron entre otros tantos tanteando con las patas en el fondo del arroyo, hasta que lo encontraron y lo sacaron boqueando.
Tras la fallida posibilidad de la respiración boca a boca, dado su fiero aspecto, su mal aliento de mascador de tabaco, y su bigote grueso, lo enlazaron de un garrón, tiraron la cuerda por encima de una rama y los elevaron a media altura como si fueran a faenar un capón.
Ni bien quedó balanceándose boca abajo, le aplicaron algunos procedimientos, como golpeteos en la espalda, movimiento de fuelle en la barriga, cachetadas rápidas y cortitas, introducción de dedo mayor e índice en la garganta.
Increíblemente lograron reanimarlo y tras una bocanada de un agua turbia y con palitos, lo bajaron del colgamento y
marcharon con él en andas a lo del doctor Sala quien luego de un exhaustivo examen dijo que podía haber sido determinante del hundimiento, el peso de una piedra mayúscula qué le palpó en la vesícula.
Así lo aseveró el cirujano que le extrajo unos tremendos cálculos biliares ocasionantes sin duda del sobrepeso y la consecuente precipitación al fondo.
Un mes después ni bien le sacaron los puntos Antolín volvió al trabajo, con su flotabilidad natural , desempeñándose en el cargo como el experto nadador que es.
Sin otro particular los saludo atentamente manifestándole que tengo sin servicio de salvataje el sector femenino del arroyo por falta del personal del mismo sexo, no por falta de voluntarios, ya que tengo 140 masculinos anotados para el puesto, por si cambian las leyes.
El Comisario de Vergara
Esta nota es parte de Febrero 2026 · Nº 181.




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