Sugerencias:

“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho” — Séneca

Alquiler de CabañaTuGym gymapp.infoguille.com

Cultural

Mientras exista una radio encendida: Camilo Helal y la memoria de una voz (I)

Por · agosto 24, 2026

Mientras exista una radio encendida: Camilo Helal y la memoria de una voz (I)

 

Camilo Helal y la memoria de una voz

Capítulo I – La memoria de una voz

Este relato, es parte de una serie de espacios que se enmarcan en la concreción del trabajo denominado «Memoria Olimareña» y que cedemos como adelanto a las páginas de La Revista.

«Hay personas que dedican su vida a contar la historia de los demás. Con frecuencia, cuando el micrófono se apaga, nadie termina contando la de ellas.»

Las voces tienen una manera extraña de desaparecer.

No hacen ruido cuando se apagan. No se rompen como un cristal ni se marchitan como una fotografía antigua. Simplemente dejan de escucharse. Primero abandonan el aire de la radio. Después desaparecen de las conversaciones. Más tarde se borran de los diarios. Y, casi sin que nadie lo advierta, un nombre que alguna vez fue familiar deja de significar algo para las nuevas generaciones.

Es una paradoja del periodismo.

Quienes pasan la vida contando la historia de los demás rara vez encuentran a alguien que, con el mismo cuidado, se detenga a contar la suya.

Quizá por eso esta historia no comienza en un estadio repleto, ni en una cabina de transmisión, ni frente a un micrófono encendido.

Comienza alrededor de una mesa.

Con una caja.

Y con una hija.

Sobre la mesa van apareciendo lentamente fotografías en blanco y negro. Credenciales de prensa. Recortes de diarios. Programas deportivos. Cartas. Poemas mecanografiados. Cada papel lleva el color amarillento del tiempo, pero ninguno ha perdido su valor. Son pequeñas piezas de una vida que se resiste a desaparecer.

Mariela Helal las acomoda con la delicadeza de quien sabe que no está ordenando documentos. Está reconstruyendo una historia.

No lo hace impulsada por la nostalgia ni por la búsqueda de un reconocimiento público.

Su deseo es mucho más sencillo.

Y, precisamente por eso, mucho más profundo.

-No quiero homenajes. Solo quiero que no se olviden de él.

La frase cae con la serenidad de quien ha convivido durante años con esa idea. No hay reclamos. No hay reproches. No hay cuentas pendientes con la historia. Solo existe la convicción de que algunas vidas merecen seguir siendo recordadas porque forman parte de la identidad de un pueblo.

En esa frase está contenido el verdadero sentido de esta crónica.

Porque estas páginas no pretenden levantar un monumento.

Pretenden evitar un olvido.

La memoria también construye los pueblos

Hay ciudades que preservan cuidadosamente sus edificios históricos. Otras conservan viejos documentos, fotografías y planos. Pero existe un patrimonio mucho más frágil que cualquier construcción de ladrillo o piedra.

Es la memoria de las personas.

La de quienes trabajaron silenciosamente, muchas veces sin imaginar que estaban ayudando a escribir la historia de su comunidad.

Maestros, Médicos, Comerciantes, Dirigentes, Artistas, Periodistas. Relatores.

Hombres y mujeres que hicieron de su oficio una forma de servir a los demás.

Cuando ellos desaparecen, también desaparece una manera de entender una época.

Y entonces el pasado deja de ser una experiencia compartida para convertirse apenas en una fecha escrita en un libro.

Camilo Helal pertenece a esa generación.

Una generación que hizo grande a la radio cuando la radio era mucho más que un medio de comunicación.

Era compañía, era información, era emoción. era imaginación.

Hubo un tiempo en que los partidos de fútbol no se miraban. Se escuchaban.

Los goles viajaban por el aire antes que por las imágenes. Los estadios cabían dentro de una voz.

Y un buen relator era capaz de construir con palabras aquello que millones de personas jamás podrían ver con sus propios ojos. Camilo fue una de esas voces.

Pero para comprender al periodista primero hay que conocer al hombre. Porque antes del micrófono hubo un niño nacido en Treinta y Tres.

Antes del relator existió un hermano mayor que debió asumir responsabilidades demasiado pronto. Antes de los viajes por Europa hubo jornadas de trabajo para ayudar a sostener a su familia.

Y antes del reconocimiento profesional hubo una educación que no terminó en un aula. Un legado que no cabe en un currículum.

Las biografías suelen enumerar cargos, premios y fechas. Dicen dónde trabajó una persona. Qué hizo. Cuándo nació. Cuándo murió. Pero casi nunca explican quién fue realmente.

Si esta historia se limitara a decir que Camilo Helal integró algunas de las radios más importantes del Uruguay, relató partidos memorables, acompañó a Peñarol en giras internacionales o cubrió la final de la Copa Intercontinental de 1960 desde Europa, estaría diciendo la verdad.

Pero estaría contando apenas una parte. Porque el verdadero legado de Camilo no cabe en una lista de emisoras. Está en la forma en que entendió el trabajo. En la responsabilidad con que asumió cada transmisión. En la serenidad con la que enfrentó desafíos que habrían intimidado a cualquiera. Y también en los pequeños gestos que nunca ocuparon titulares. Como dejar de estudiar para que sus hermanos pudieran hacerlo. O continuar formándose por su cuenta, convencido de que la cultura no depende exclusivamente de un diploma.

Ese hombre es el que su hija recuerda. No solamente el relator. La historia detrás de la historia Mientras habla, Mariela no parece estar describiendo a una figura pública. Habla de un padre. De un hombre sencillo.

De alguien que encontraba tiempo para leer, para escribir, para conversar. Cada recuerdo aporta una pieza nueva. Ninguna busca engrandecerlo. Por el contrario.

Son precisamente esas escenas cotidianas las que terminan revelando la dimensión humana de quien, durante años, fue una voz familiar para miles de uruguayos.

Es entonces cuando uno comprende que esta historia no pertenece únicamente a una familia.

También pertenece al patrimonio cultural de Treinta y Tres.

Porque la historia de una comunidad no está hecha solamente de grandes acontecimientos.

Está hecha de las vidas de quienes ayudaron a construirla.

Y Camilo Helal fue uno de ellos.

Una historia que recién comienza Toda investigación tiene un punto de partida. Esta comenzó con una caja de recuerdos. Pero muy pronto esa caja dejó de contener solamente fotografías. Empezó a abrir una puerta hacia otra época. La del muchacho que soñaba sin saber todavía hasta dónde lo llevaría su voz. La del hijo de inmigrantes que aprendió desde muy temprano que el trabajo era también una forma de honrar a la familia. La del joven que un día cambiaría las calles de Treinta y Tres por los estudios de las grandes radios de Montevideo. Y la del periodista que terminaría relatando al Uruguay desde algunos de los escenarios más importantes del fútbol mundial.

Esa historia empieza mucho antes del primer micrófono. Empieza al otro lado del océano. En un barco. Con un joven libanés dispuesto a apostar toda su vida por un país que todavía no conocía. Porque, como ocurre con las grandes historias, para comprender el destino de un hombre primero hay que conocer el camino de quienes llegaron antes que él.

 

Capítulo II

El hijo del polizón

«Mi padre siempre decía que el trabajo era una forma de agradecer la oportunidad que la vida le había dado.»

(Mariela Helal)

Antes de convertirse en una de las voces más reconocidas de la radio uruguaya, Camilo Helal fue simplemente el hijo mayor de una familia que había aprendido, a fuerza de sacrificios, que nada importante se consigue sin esfuerzo.

La historia comienza mucho antes de su nacimiento. Comienza al otro lado del océano.

En un pequeño pueblo del Líbano, donde un joven llamado José Jalil Helal tomó una decisión que cambiaría el destino de varias generaciones.

Tenía apenas dieciocho años cuando dejó atrás su tierra. Como tantos inmigrantes de principios del siglo XX, emprendió un viaje incierto hacia América impulsado por la esperanza de encontrar un futuro que en su país parecía inalcanzable. No fue un viaje cómodo ni seguro. La tradición familiar recuerda que llegó oculto en un barco, como polizón, protegido por la solidaridad de un marinero que decidió ayudar a aquel muchacho que no tenía más patrimonio que su voluntad de trabajar.

Aquel gesto anónimo fue el primero de una larga cadena de acontecimientos que terminarían escribiendo una historia profundamente uruguaya.

Cuando finalmente llegó a Treinta y Tres, José Jalil encontró un departamento muy distinto al que conocemos hoy. Era una comunidad pequeña, donde el esfuerzo cotidiano valía más que cualquier apellido y donde los inmigrantes comenzaron a mezclarse con la identidad criolla, aportando trabajo, comercio, costumbres y una mirada nueva sobre el mundo.

Allí formó una familia. Y allí nacieron sus hijos. Entre ellos, Camilo.

Desde muy temprano, el primogénito comprendió que ocupar ese lugar dentro del hogar significaba asumir responsabilidades que muchas veces llegaban antes que los sueños.

La economía familiar no permitía demasiados privilegios. Camilo cursó estudios secundarios, pero no pudo culminarlos. Había que trabajar. Había hermanos menores que necesitaban oportunidades. Y él decidió que esas oportunidades no se perderían.

Nunca habló de ese sacrificio como una renuncia. Simplemente hizo lo que entendía correcto.

Sin embargo, abandonar el liceo no significó abandonar el aprendizaje. Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre curioso, lector permanente, interesado por la historia, la política y la actualidad. Era de esas personas convencidas de que la cultura no depende exclusivamente de un título, sino del hábito de seguir aprendiendo todos los días.

Con el tiempo, sus hermanos pudieron completar estudios y desarrollar sus propias carreras.

Mariela está convencida de que eso no habría sido posible sin el respaldo silencioso de Camilo.

No hizo discursos. No pidió reconocimiento. Simplemente sostuvo la puerta para que otros pudieran atravesarla. Muchos años después haría exactamente lo mismo frente a un micrófono. Porque contar un partido también era, en el fondo, una forma de servir a los demás.

 

CAPÍTULO III

Una voz para una radio que también estaba naciendo

«Las grandes historias suelen comenzar cuando dos caminos se cruzan en el momento justo. El de una emisora que soñaba con hacerse escuchar y el de un muchacho que todavía no sabía hasta dónde podía llegar su voz.»

El 18 de noviembre de 1939 comenzó a emitir una nueva emisora en Treinta y Tres. Su nombre era CW 45 Difusora Treinta y Tres.

Nacía por iniciativa de Salvador R. Lacurcia, acompañado por el responsable técnico Alberto Mahe Paroni, en una época en que la radio vivía una verdadera edad de oro y comenzaba a transformar la manera en que los uruguayos se informaban, se entretenían y conocían el mundo.

No era un emprendimiento menor.

La revista editada con motivo del Centenario de Treinta y Tres recuerda que, desde sus primeros años, la emisora abrió sus micrófonos a la cultura, la ciencia, el periodismo y la actividad institucional. En plena convulsión internacional provocada por la Segunda Guerra Mundial, Difusora Treinta y Tres sostuvo una línea de compromiso democrático y se convirtió en un espacio abierto para la comunidad.

Pero había otra característica que muy pronto la distinguiría. El deporte. Sus transmisiones desde distintos escenarios del departamento comenzaron a ganar prestigio y la emisora empezó a construir una identidad que trascendía las fronteras de Treinta y Tres.

Sin saberlo, la radio estaba preparando el escenario para una de las voces que marcarían su historia. Un muchacho dispuesto a aprender. Camilo Helal llegó siendo muy joven. Todavía no era el relator que años más tarde recorrería el país y el extranjero acompañando a Peñarol.

Era, simplemente, un muchacho con enormes ganas de trabajar. Como ocurría en las radios de aquella época, el aprendizaje no comenzaba frente al micrófono.

Primero había que observar. Escuchar. Aprender los tiempos de la emisora. Comprender que detrás de cada programa existía un trabajo silencioso realizado por operadores, locutores, técnicos y periodistas. Camilo absorbía todo. No había cursado estudios universitarios. Ni siquiera había podido completar la enseñanza secundaria.

La vida lo había llevado demasiado pronto al trabajo. Pero tenía una virtud que terminaría compensando cualquier carencia académica. Nunca dejó de aprender. Leía. Escuchaba. Preguntaba. Y observaba. La radio terminó convirtiéndose en su verdadera escuela.

La mirada de Salvador Lacurcia

Todo periodista necesita que alguien descubra su potencial antes de que lo haga el resto. Para Camilo Helal, ese hombre fue Salvador R. Lacurcia. Fundador y director de Difusora Treinta y Tres, Lacurcia no solo impulsó una emisora innovadora para el interior del país. También supo reconocer el talento de quienes comenzaban a dar sus primeros pasos.

Bajo su conducción, Camilo fue creciendo hasta ocupar tareas informativas y deportivas, desarrollando una forma de comunicar basada en la claridad, la responsabilidad y el respeto por el oyente. No existen testimonios que describan aquellas conversaciones entre director y periodista. Pero los hechos hablan por sí solos. Porque, pocos años después, aquel joven que había comenzado aprendiendo el oficio terminaría siendo una de las figuras más visibles de la emisora.

Un verdadero periodista del éter

Uno de los documentos más valiosos que se conservan sobre aquellos años aparece en la Revista del Centenario de Treinta y Tres.

Al repasar la historia de Difusora Treinta y Tres, la publicación no solo destaca el crecimiento de la emisora.

También dedica unas líneas a uno de sus jóvenes periodistas. Lo define como:

«…un verdadero periodista del éter, hombre joven y modesto que ha realizado enormes progresos en su labor, apoyado en un entusiasmo muy noble y un admirable sentido de responsabilidad.»

La frase adquiere un valor especial porque no fue escrita décadas después, cuando el prestigio de Camilo ya estaba consolidado. Fue redactada por contemporáneos que observaban diariamente su trabajo.

Es, probablemente, uno de los primeros reconocimientos públicos que recibió su carrera.

Y revela algo que aparecerá una y otra vez a lo largo de esta historia.

Antes que su talento, quienes trabajaban con él destacaban su responsabilidad. Mucho más que una emisora. Con el paso de los años, Difusora Treinta y Tres se transformaría en una referencia para varias generaciones de comunicadores del departamento.

Por sus estudios pasaron voces que dejaron una profunda huella en la radio olimareña.

Entre ellas, la de Ariel Pinho Boasso, quien décadas más tarde asumiría la dirección artística de la emisora. La tradición oral de la radio recuerda que Camilo Helal apoyó aquel ingreso, en un gesto que parecía repetir lo que Salvador Lacurcia había hecho con él años antes. Las buenas radios no solo forman periodistas. También transmiten una manera de entender el oficio. Y Camilo nunca olvidó dónde había aprendido la suya.

Cuando la voz encontró su destino

En aquellos primeros años todavía faltaban los grandes estadios. Las transmisiones internacionales. Los viajes con Peñarol. Las finales continentales. Todo eso llegaría después.

Por ahora, bastaba con una pequeña cabina de radio en Treinta y Tres y un joven convencido de que informar era una responsabilidad y que relatar significaba mucho más que describir un partido. Significaba lograr que alguien, al otro lado del receptor, pudiera imaginarlo. Muy pronto aquella voz dejaría de pertenecer solamente al Olimar. Montevideo comenzaba a escuchar hablar de un periodista del interior. Y el país estaba a punto de descubrirlo.

Documento

Revista del Centenario de Treinta y Tres

Entre los testimonios documentales más importantes sobre los primeros años de Camilo Helal se encuentra la reseña publicada en la Revista del Centenario de Treinta y Tres, donde se lo menciona expresamente como uno de los colaboradores destacados de CW 45 Difusora Treinta y Tres. La publicación lo define como «un verdadero periodista del éter», destacando su juventud, modestia, entusiasmo y «admirable sentido de responsabilidad». El documento constituye una prueba contemporánea del reconocimiento profesional que ya había alcanzado en la emisora.

 

Capítulo III

El gol que nunca existió

«Hay momentos en la vida en que una vocación no nace en un aula, ni en un libro, ni en una escuela. Nace, simplemente, cuando alguien descubre aquello para lo que ha venido al mundo.»

Si alguien hubiera caminado aquella tarde por la calle principal de Treinta y Tres, probablemente habría visto una escena imposible de olvidar.

Un grupo de personas detenidas. Cabezas levantadas. Oídos atentos. Y, de pronto…un grito de gol.

Pero había un problema. No había partido. No existía ningún estadio. Ni una pelota rodando. Ni jugadores vestidos de celeste o albiceleste. Solo una voz.

En aquellos años, mucho antes de la televisión, la ciudad tenía un sistema de altoparlantes instalados sobre la calle principal. Desde allí se difundían avisos comerciales, noticias y música que acompañaban el ritmo cotidiano de la población.

Era una forma de llevar la radio al espacio público. Y también un escenario inesperado para quien supiera dominar el poder de la palabra. Según recuerda la familia Helal, fue allí donde un joven Camilo decidió improvisar un relato deportivo.

Eligió un clásico que cualquier uruguayo podía imaginar. Uruguay contra Argentina. No había transmisión. No existía el partido. Todo nacía de su imaginación.

Sin embargo, mientras la narración avanzaba, su voz comenzó a construir algo mucho más fuerte que una ficción.

Construyó un estadio. Los oyentes no veían la cancha. Pero podían recorrerla con la imaginación. La pelota cambiaba de frente. Los delanteros avanzaban. El público rugía. El arquero se estiraba. Hasta que llegó el instante decisivo.

-¡Gol! Y la gente lo gritó.

Durante algunos segundos nadie pareció preguntarse si aquel encuentro estaba ocurriendo realmente. La emoción había sido más fuerte que la duda. Camilo acababa de descubrir el mayor secreto del relato deportivo. El buen relator no describe solamente lo que sucede. Consigue que el oyente lo vea.

El nacimiento de una vocación

La anécdota llegó rápidamente a oídos de quienes dirigían Difusora Treinta y Tres. No era común que un muchacho del interior lograra semejante capacidad para sostener un relato improvisado. Decidieron ponerlo a prueba. Aquella prueba cambiaría su vida.

Hasta entonces, Camilo había realizado distintas tareas dentro de la emisora. Había aprendido el funcionamiento cotidiano de una radio desde sus espacios más humildes, observando, escuchando y absorbiendo conocimientos con la curiosidad de quien entendía que cada jornada era una oportunidad para aprender.

Pero el micrófono todavía le reservaba un destino mayor. La prueba confirmó lo que algunos ya intuían. Había nacido un relator. No porque conociera de memoria las alineaciones. No porque levantara la voz más que los demás. Sino porque poseía un talento difícil de enseñar. Sabía contar. Y, sobre todo, sabía hacer imaginar.

Cuando la radio era imaginación

Resulta difícil comprender hoy el impacto que podía tener una transmisión deportiva en las décadas de 1930 y 1940. La televisión aún no había llegado a los hogares uruguayos. Las fotografías aparecían al día siguiente en los diarios. Quien no estaba en el estadio dependía completamente de la radio.

Por eso los relatores no eran simples narradores de un partido. Eran los ojos de miles de personas. Cada movimiento debía ser explicado con precisión. Cada ataque debía tener ritmo. Cada silencio tenía un significado. Una mala descripción podía perder al oyente. Un buen relato lo hacía sentir sentado en la tribuna. Camilo comprendió muy pronto esa responsabilidad. Y comenzó a desarrollar un estilo propio. Nunca recurrió al grito exagerado. No necesitaba artificios. Prefería la claridad. La velocidad justa.

La emoción nacida del juego y no del espectáculo. Era una forma de entender el periodismo deportivo que marcaría toda su carrera.

Mucho más que fútbol

Quienes lo conocieron recuerdan que nunca dejó de ser un hombre curioso. Leía. Escuchaba. Preguntaba. Observaba.

Quizá por eso, aun cuando el deporte empezaba a ocupar un lugar cada vez más importante en su vida, también se desempeñaba como informativista. No veía diferencias entre informar sobre la actualidad y relatar un partido. En ambos casos había una obligación común. Contar la verdad. Con claridad. Y con respeto hacia quien escuchaba. Esa manera de ejercer el oficio comenzaría a abrirle puertas mucho más allá de Treinta y Tres. Muy pronto, las grandes radios de Montevideo empezarían a mirar hacia el interior. Buscaban voces nuevas. Voces capaces de sostener una transmisión. Voces con personalidad.

Sin saberlo, Camilo estaba cada vez más cerca de abandonar las calles donde había aprendido el oficio para enfrentarse al desafío más importante de su vida.

Montevideo.

Las radios nacionales. Y un país entero dispuesto a escucharlo.

Documento

La anécdota del «gol que nunca existió» forma parte de la memoria familiar transmitida por Mariela Helal. Constituye un episodio fundacional del relato sobre los comienzos de Camilo en la radio y será complementado, en futuras etapas de la investigación, con la búsqueda de testimonios y documentos que permitan contextualizar históricamente aquellos primeros años de Difusora Treinta y Tres.

Esta nota es parte de Agosto 2026 · Nº 187.

Dejá tu comentario

Tu comentario se publica después de una revisión. No se muestra tu correo.

Gestión de SociosBloopits.com  Souvenirs para fiestasCabaña daniel2