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Cultural

Niños multilingües y multiculturales

Por · agosto 13, 2026

Niños multilingües y multiculturales

Los primeros días tras nuestra llegada a los Países Bajos transcurrieron en un torbellino de sensaciones. Entre la exploración del nuevo entorno, el descifrado de cómo funcionan las cosas en este rincón del mundo y el comienzo de mi nuevo empleo, las semanas se volvieron intensas. Debíamos combinar la burocracia del inmigrante con la búsqueda, nada sencilla, de una vivienda permanente.

Sin embargo, por encima de esa lista interminable de tareas, asomaba la que más nos desvelaba como padres: la adaptación e inserción escolar de nuestros hijos.

Al aterrizar, Tomás y Felipe tenían un año y medio y tres años y medio, respectivamente. Felipe ya había cursado dos años de preescolar en Uruguay; Tomás, en cambio, apenas había dado sus primeros pasos días antes de subir al avión. Nuestra gran interrogante era constante: ¿Cómo ayudar a dos niños tan pequeños a adaptarse a un entorno donde el idioma suena tan distinto al que hablamos en casa?

La necesidad: el motor del aprendizaje

Durante mi etapa escolar y liceal, estudié italiano e inglés. Debo confesar que el inglés nunca me gustó; batallé para terminar el liceo con un nivel básico. Para mí, ese idioma no era más que una materia tediosa que debía aprobar. No veía la conexión práctica ni la necesidad real de aprenderlo, ya que todas mis lecturas e interacciones eran en español. Sin la urgencia de comunicarme con el "otro", a mi entender, el esfuerzo simplemente no se justificaba.

Para mis hijos, el panorama fue radicalmente distinto. Para ellos, aprender neerlandés no se trataba de obtener una nota, sino de construir el puente que les permitiera jugar, interactuar con sus pares y, en última instancia lograr una integración plena. La necesidad rompe las limitaciones y abre la mente, especialmente a edades tan tempranas.

En los Países Bajos, la escolarización comienza a los cuatro años (siendo obligatoria a los cinco). Tras un tiempo de espera, Felipe ingresó a un centro preescolar. Dejarlo allí solo, en un ambiente donde las palabras le resultaban ruidos extraños, nos llenó de incertidumbre. Pero nos tranquilizaba saber que para un niño de tres años, un juguete compartido comunica más que mil palabras

A pesar de los retrasos que impuso la pandemia en 2020, Felipe logró ingresar a una escuela especial para inmigrantes. Allí realizan una tarea titánica: sientan en un mismo salón a niños de los más diversos rincones del mundo, con historias, culturas e idiomas dispares, para enseñarles holandés mientras siguen el programa escolar.

El resultado es asombroso. En menos de un año, los niños salen hablando un neerlandés básico que les permite integrar a cualquier escuela local. Pero más allá del idioma, esa escuela es una iniciación al mundo multicultural.

A diferencia de mi infancia en el barrio, donde el juego era espontáneo y en la vereda, en los Países Bajos la vida social de los niños se organiza por "citas de juego" (speelafspraakjes). Los niños se ponen de acuerdo en el recreo, los padres coordinamos la logística y se pacta una hora y un lugar.

A los pocos días de comenzar la escuela Felipe y Ada (procedente de Turquía) estaban decididos a jugar. Allí nació no solo la primera amistad multicultural de mi hijo, sino también un vínculo profundo entre nosotros y sus padres.

Poco a poco, el nuevo idioma penetró en nuestro hogar. Los dibujos animados, los libros y las visitas de amigos llenaron la casa de nuevos sonidos. Lo inesperado ocurrió después: las conversaciones entre mis propios hijos migraron naturalmente al neerlandés. Hoy, vivimos en un balance constante entre potenciar el holandés y mantener vivo el aprendizaje del español.

Incluso el inglés apareció de forma colateral. Un día, una vecina nos contaba en inglés un problema que había tenido. Asumiendo que mis hijos no entendían, no filtramos la charla. Al retirarse ella, Felipe se acercó con curiosidad a preguntarnos detalles sobre lo que le había pasado. Sin una sola clase formal, ya estaba comprendiendo un tercer idioma por pura exposición.

Si nuestra experiencia familiar nos parecía compleja, la realidad de algunos vecinos lleva el multilingüismo a una escala casi increíble. Nuestros vecinos de la India son el ejemplo extremo: en su hogar conviven cuatro idiomas (el de la madre, el del padre -de distintas regiones-, el inglés como lengua común y el holandés del entorno). Resulta impactante observar la naturalidad con la que estos niños alternan entre lenguas, adaptando el tono y el acento de forma instantánea según quién les hable.

Hoy la neurociencia confirma lo que vemos en casa: el idioma no es solo una herramienta de comunicación, sino el molde de nuestro pensar. Hablar varios idiomas es, en esencia, poseer múltiples sistemas operativos mentales. Esta flexibilidad cognitiva les permite a los niños navegar entre culturas con una plasticidad que los adultos envidiamos. No es solo gramática; es una capacidad de abstracción que rompe prejuicios y expande su frontera mental. Al habitar distintos idiomas, mis hijos están aprendiendo que el mundo no tiene una sola lectura, una lección que los acerca a los demás con una empatía genuina y les provee otros enfoques para afrontar desafíos.

Mientras Uruguay atraviesa debates sobre reformas educativas, no puedo evitar preguntarme: ¿Cómo podemos motivar a nuestros niños a aprender idiomas fuera de la presión de un examen? Debemos enseñarles que un idioma no es un diploma colgado en la pared ni un puntaje para incrementar las chances en un concurso laboral, sino una llave. Es una llave que expande nuestros límites, otorgándonos el don de la palabra y permitiéndonos descubrir nuevas amistades, amores imprevistos y lecturas apasionantes. Es, en definitiva, la entrada a un mundo de oportunidades que hoy apenas vislumbramos

Esta nota es parte de Enero 2026 · Nº 180.

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