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Cultural

«El pueblo de El Parao» (VIII)

Por · agosto 24, 2026

«El pueblo de El Parao» (VIII)

En agosto de 1923, la «Sucursal del Banco de la República Oriental del Uruguay» en Vergara, atendía a sus clientes, frente al hotel, en el interior de un auto Ford T, que viajaba desde Treinta y Tres, una día por semana, conducido y administrado por un empleado de dicho Banco. Poco tiempo después y hasta la inauguración del local bancario, en 1926, se logró mejorar la atención a los clientes, concurriendo todos los jueves de cada semana y alquilando una pieza del hotel, para mayor comodidad.

En 1925, Eulalia Pereira de Claussen, continuó con las ventas de solares en «La Concordia»: Petrona Fleitas. También en ese 1925, una persona mayor, que circunstancialmente estaba parando en el hotel, pone fin a su vida, suicidándose mediante un tiro de revólver en la cabeza. Fue encontrado caído contra la puerta de una de las piezas. Su cabeza, yacía en un inmenso charco de sangre, que había alcanzado a derramar hacia el exterior, por abajo de la puerta.

El testimonio que antecede, lo brindaba Paulino Niz Rojas, quien obró como testigo, para el relevamiento de la escena y posterior, levantamiento del cadáver.-

Aproximadamente, en 1926, alquila el hotel y se hace cargo del mismo, Salvador María Acosta Gorosito (quien había sido criado de la pareja: Claussen-Pereira).

Con el cambio de firma comercial, el hotel, pierde su nombre de «FRATERNIDAD» y lo sustituye por: «HOTEL URUGUAYO»…..

Poco a poco, los autos y los camiones de Bernardo Lacco y de Juan Lagreca, estaban desplazando a la carretas tiradas por bueyes y a las diligencias, que habían «quitado de la cartelera» un lote de frecuencias a Río Branco.

Ventas de solares por parte de la viuda de Claussen, en «La Concordia»: Zoilo Brun, Teodoro Brun, Paulo Brun, Nicanora Telésfora Olivera, Inés Merlo y Gabino González.

Trabajan como mozos del salón-comedor: Asael Silvera y Manuel Ferrada Lizarralde «El Paraguay». Como cocineras, limpiadoras, lavanderas y planchadoras: María Julia Sosa, Eustaquia Fernández de Larronda, Cipriana y Santa Rodríguez, Carlota Comba Rocha Pereira, María Idalina Fernández, Enilda Díaz y Corina Cardozo. Mandadero: Deolindo Rodríguez «Congonga». Caballerizo: «El Chico Galletero».

En los primeros meses de este año, el Dr. Andrés Carlos Blanco Carballido, ante llamado, concurre a la estancia «El Altillo», propiedad de José Astiz, donde un peón de la misma, recibió fortuitamente «un guampazo» de un toro enfurecido, que le provocó una herida cortante en el flanco derecho, con evisceración de un trozo de intestino grueso.

Blanco, no vaciló un minuto y ante la situación tomó el recaudo, de tender al herido en el interior del galpón donde se encontraba, sobre dos ponchos de paño, «con las bayetas» hacia afuera. Lo adormeció, con una esponja embebida en cloroformo y apenas comprobó la disminución de la sensibilidad, tomó un bisturí y agrandó un poco los labios de la herida. Luego, lavó el trozo de intestino en una palangana, que contenía agua y «Líquido Carrel», restituyéndolo a la cavidad abdominal.

Suturó la herida. Esperó que el hombre recuperara la normalidad temporal; mientras, que otro peón comedido del establecimiento, que le sostenía la palangana, no aguantó más lo que veían sus ojos y terminó cayendo al suelo, desmayado…..

Posteriormente y en el mismo auto del médico, trasladaron el herido a Vergara, «internándolo» en una de las piezas del hotel, donde el médico diariamente lo vigilaba, hasta el total restablecimiento….

Cuenta la tradición oral, que este hombre murió años después, mediante ingestión voluntaria, de estricnina con caña blanca.

Para 1927, el pueblo se había vuelto un enjambre de autos…..Algunos de ellos, «de alquiler». Incluso más de dos, andaban y desandaban, la línea Treinta y Tres-Vergara.

Por ahí andaban: Ramón Nieto (que había sido el precursor) Patricio Pereira (antiguo mayoral de diligencias) Braulio Silvera, María Salomé Cuello (mi abuelo materno) Víctor Prigue, Modesto Correa, Eladio Araújo, Federico Pérez «Pérez Chico», Rafael Casariego, Germán Acosta, Hermes Rodríguez «El Negro», Donato y Gregorio Batalla, entre «los de alquiler». Los mecánicos eran: Ermindo Batalla y Tardíz Lucas «El Fideo». Dos camiones: el de Bernardo Lacco Isasa (que era panadero) y el de Juan Lagreca Rocha (antiguo mayoral de diligencias) devenido en «fletero» y «estafeta del correo» entre Vergara y Treinta y Tres.

En 1928, continúa la venta de solares en «La Concordia»: Felipa M. Pereira y Jorge Abraham. Y en otro orden de cosas, es dable sostener, que las firmas comerciales: Rafael Fabeiro y Felipe Robaina e hijos, instalan surtidores de nafta, en las veredas de sus respectivos comercios.

El día 7 de mayo de 1928, el payador oriental Pedro Medina, brinda un espectáculo de guitarra y canto criollo, en el salón-comedor del hotel.

El día 31 de enero de 1929, otorga un concierto en el salón-comedor, el afamado guitarrista paraguayo: Agustín Barrios «Nitsuga Mangoré», acompañado de su hermano Francisco, quien en su calidad de poeta, recita algunas composiciones de su autoría.- Ambos hermanos pernoctan dos días en el hotel y luego parten hacia la ciudad de Treinta y Tres.

El 10 de mayo de 1929, desde el salón-comedor del hotel, el taxista Víctor Prigue, levanta en el auto al Juez de Paz de Vergara, Abelardo Gabino Correa Neves y a los testigos: Salvador Acosta Gorosito y Vicente Senosian Munúa «El Vasco Vicente», para hacer acto de presencia y procedimiento de estilo, en la «Tragedia del Arroyo del Oro».

Llegan por la casa del Dr. Antonio Pisano, Médico de Policía, lo levantan y emprenden viaje hacia el «Arroyo del Oro».

Es de orden comentar que unos días antes de la tragedia, Juan Díaz (el abuelo de Dionisio) que era muy amigo de Salvador Acosta, había llegado en su carreta, «fleteando» como era de costumbre. Paró en el hotel y conversando con Salvador, le hizo saber que su vida familiar estaba un poco alterada, por la presencia de un hombre al cual no quería en su casa (es de suponer que se trataba de Luis Ramos) y que iba a tener que adquirir un arma de fuego (con su respectivo permiso) porque comenzaba a «sentirse como un juyido» y temía por su vida.

También se encontró con Eustaquia Fernández de Larronda, que trabajaba en el hotel y con la cual tenían amistad desde tiempo atrás. Juan Díaz, sin rodeos, le comentó que lo había mordido un perro y que la herida costaba en cicatrizar.

Ella, al ver el estado que presentaba la lesión, con el consentimiento del carrero viejo, fue a la farmacia del Dr. Ignacio Santibáñez y compró «Pomada de Árnica» (utilizada para el tratamiento y reposición de tejidos, agredidos por heridas o quemaduras). Luego lavó la herida con agua y jabón, esperó un rato que la misma secara y por último aplicó una capa de crema, sobre el tejido inflamado.

Mientras Juan Díaz, quedaba con la pierna al aire y en reposo, fue abandonando su mutismo y le contó a Eustaquia, que el perro de la casa era que lo había mordido. Que en ese medio tiempo, había tenido una discusión bastante fuerte con María, porque indudablemente no quería a Luis Ramos en su casa y mucho menos soportaba los amores. Explicó, que la había sentenciado a su hija:- O se van ustedes del rancho o me voy yo, carajo e´mierda!! No aguanto más puteros!!…….

Que la hija trató de calmarlo. Pero que él, muy contrariado, ganó el monte del arroyo del Oro, retornando casi que de casualidad al rancho, solo para comer algo y echarse a dormir.

Un mediodía que estaba en el monte, vio que llegó a caballo, al rancho, el Escribiente Carlos Yelós, que por cierto, era muy amigo suyo.

Enterado de la situación, Yelós, se arrimó y lo ubicó entre la vegetación. Salieron para un descampado, se sentaron en el suelo y conversaron largo rato, hasta que el Policía lo hizo desistir de sus propósitos y lo acompañó hasta la casa. Una vez en el hogar (delante del Escribiente) llegaron a la conclusión con la hija, de que ella, Ramos, Dionisio y Marina, se iban a ir a vivir a «El Oro»; dado que así, él, se quedaba tranquilo con Eduardo y ellos a su vez, inscribían a Dionisio en la Escuela del poblado.

Por unos días, las cosas marcharon bien; hasta que le salió «el flete» con la carreta, para Vergara…..Le decía para Eustaquia:- Vos sabés, carajo, qué pienso en pegar la guelta y me dentra como un ñudo en el garguero…. Carajo!! Hay momentos que pienso en hacer cualquiera cosa!!… Me hirve la sangre, carajo!!….Eustaquia, trató de hablarle con pausa y criterio:-

No Juan, no vayas a hacer un desastre…. Ni hablés, esas cosas! Mirá por los niños que hay en la casa… Dejalos que se vayan del rancho con todas sus cosas y vos te quedás tranquilo… Seguís tu vida vieja, salís a caballo, visitás los vecinos, que todos te quieren… Yo qué sé!!

Pero no vayas a hacer un desastre! Acordate que no se gana nada peliando….

El viejo, no decía nada. abía agachado la cabeza, se había sumido en un profundo silencio y por un instante, a Eustaquia, le pareció que el turbio cristal de los ojos, se le empañaba, con unas lágrimas cimarronas que no las podía sujetar….

Tan cimarronas, como la misma hechura de aquel hombre bárbaro, que tenía las manos agrietadas de «enfrenar» pamperos y los pies lentos y torpes, de caminar sobre zuecos…..

Eustaquia, lo siguió curando como tres o cuatro días más, dado que el viejo, querido por sus amistades, que algo conocían de sus problemas hogareños, aceptó la invitación de quedarse en el hotel, mientras se despejaba un poco de sus aflicciones.

Una mañana de ésas, se acercó hasta el comercio de José Larrambebere y Cía. (donde hoy, funciona el SUPER DE LA VILLA) y decidió comprar una camisa y una bombacha de campo.

Pagó lo adquirido y cuando el dependiente, le alcanzó el envuelto con las prendas, lo miró a los ojos y dijo:- Aura sí mi amigo… Ya tengo la tela, pa´qué mi hagan la mortaja!…..

Se despidió, estrechando la mano del dependiente, dio la espalda y salió a la calle, entre el gorjeo idílico de los pájaros y el golpeteo acompasado, de los zuecos carreros….

Días después, el drama oscuro y sangriento, cabalgaba hacia el infinito, mimetizado con el corcel del misterio….Solo un niño y nadie más que un niño, orlaría su cabeza con la corona del HÉROE. ientras que los labios, muchos más labios de lo que se piensa, se llevaron a la frialdad del sepulcro, el silencio objetable, de una cuestionada revelación….

Esta nota es parte de Agosto 2026 · Nº 187.

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